Una terraza escondida sobre Junín propone mirar el cementerio de Recoleta como nunca: desde arriba, con el vaso en la mano
En el último piso de un hotel boutique de Recoleta funciona un mirador acristalado abierto al público. Desde allí se ven cúpulas, mausoleos y pasajes del cementerio sin pisar el predio, y códigos QR reproducen 57 historias en español, inglés y portugués. Una pausa de cuarenta minutos con desayuno o merienda incluida.
Lo confieso: la primera vez que escuché hablar de este lugar pensé que se trataba de un truco publicitario, de esos que adornan las vidrieras de Recoleta para tentar al turista distraído. Pero no. Hace algunas semanas, mientras esperaba el ascensor del Centro Cultural para una entrevista, una docente llamada Marta, que daba clases de historia en una escuela técnica de Palermo, me contó entre risas que había llevado a sus alumnos a un mirador sobre la calle Junín y que los chicos no podían creer lo que veían desde ahí arriba. Yo fui esa misma tarde, sin cita previa, y entendí por qué Marta hablaba con ese entusiasmo: el Cementerio de Recoleta, ese monumento que uno cree conocer de memoria después de entrar por la puerta de Vicente López, cambia por completo cuando se lo mira desde el cielo.
Una terraza vidriada pensada para invertir la mirada
En el último piso del hotel Urban Suites, en Junín 1727, funciona un mirador acristalado abierto a visitantes externos, no solo a quienes se hospedan allí. La estructura, con cerramiento de vidrio y clima controlado, se mantiene en servicio durante todo el año, incluso en los días de calor agobiante o de lluvia fina, esas jornadas en las que dar vueltas entre los mármoles del cementerio se vuelve una pequeña tortura. El turno de visita dura alrededor de cuarenta minutos, un tiempo justo y amable, pensado para calzar como pausa dentro de un recorrido más amplio por la zona, que incluye al propio Centro Cultural Recoleta y al Museo Nacional de Bellas Artes, ambos a pocos metros.
Lo que se ve desde allí es, sencillamente, otro cementerio. Las cúpulas que desde la vereda parecen detalles decorativos pasan a ser protagonistas. Los mausoleos dejan de ser cajas cerradas y muestran sus cubiertas, sus cruces, sus angelitos de plomo castigados por el tiempo. Hasta los pasillos internos, esa red de callejones que uno recorre con el cuello doblado cuando entra al predio, se transforman en líneas que se cruzan y dibujan una geometría inesperada. En los días despejados, además, la mirada se estira hasta el Río de la Plata, que aparece como una franja plateada en el horizonte y regala un panorama mucho más amplio que el de la necrópolis.
Códigos QR, audioguías y 57 historias firmadas por un investigador
La propuesta se llama El Mirador de la Historia y es, a su vez, una plataforma digital. En cada ventanal hay un código QR que el visitante escanea con el celular. Al hacerlo, accede a una selección de 57 relatos sobre figuras y leyendas vinculadas al cementerio: desde las familias más tradicionales de la aristocracia porteña hasta personajes que cualquier argentino de cuarenta años o más recuerda haber escuchado en la mesa familiar. Los textos fueron investigados y redactados por el escritor Daniel Naler Roxlo y están disponibles en tres idiomas, castellano, inglés y portugués, lo que convierte al lugar en una parada lógica para el turismo internacional que recorre el casco histórico de Buenos Aires.
La oferta gastronómica acompaña pero no se impone. Por la mañana se sirven infusiones, café con leche, chocolate o té, con medialunas o churros, un desayuno clásico de cualquier confitería porteña. Al atardecer la propuesta muta: una copa de vino con una mini picada individual, suficiente para quedarse unos minutos más mirando cómo cambia la luz sobre las cúpulas. No es un restaurante ni pretende serlo, aclaran en el hotel: es un complemento acotado a la experiencia de mirar desde arriba, nada más, aunque a veces uno termina pidiéndose una segunda copa porque la vista invita a quedarse.
Un dato práctico para las familias antes de subir
Antes de ir, conviene tener en cuenta algunos detalles. El mirador funciona con turnos, por lo que se recomienda reservar con anticipación o, al menos, consultar disponibilidad antes de presentarse en Junín 1727, sobre todo en fin de semana, cuando Recoleta recibe la mayor cantidad de visitantes. No hace falta ser huésped del hotel ni consumir en el restaurante: cualquiera puede acceder pagando la entrada correspondiente. El circuito completo, sumando la lectura de los códigos QR y la merienda o el desayuno, se estira alrededor de una hora y media. Si van con chicos, les sugiero llevar auriculares, porque las audioguías se escuchan mejor con el celular en la mano y el sonido ambiental de la terraza, con el viento y el murmullo de la calle, puede competir con la narración. Y un consejo final, casi de abuela: vayan a la tardecita, cuando la luz empieza a bajar y las cúpulas se tiñen de naranja. Es el horario en que Recoleta muestra, también desde el cielo, su cara más cinematográfica.
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