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JUE, 27 AGO 2026
Vida

Poner límites no es autoritarismo: por qué la crianza sin reglas también hace daño

Especialistas en crianza coinciden en que el diálogo con los hijos no equivale a ceder en todo. Cuando el adulto evita el conflicto a cualquier precio, el mensaje se vuelve confuso y aparecen problemas para regular emociones y tolerar frustraciones. La clave está en ejercer autoridad con presencia, afecto y sin violencia.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 27 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min
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Me acuerdo de una mamá que me contó una escena doméstica que le cambió la cabeza. Su nene de cuatro años le pedía una golosina antes del almuerzo y ella, cansada de una mañana larga, cedió. Total, un caramelo no es nada. Pero al rato el chico lloró desconsolado porque no le dejaron elegir los dibujitos en la tele. Ella me dijo: ahí entendí que no era por el caramelo, era por el mensaje que yo le venía dando. Lo que empezó como una charla informal con una vecina terminó en una consulta con una psicóloga infantojuvenil, y lo que escuchó la dejó pensando varios días.

Diálogo no es negociación permanente

Cada vez más familias argentinas apuestan por reemplazar gritos y castigos con conversación. Eso está bien, y de hecho es lo que recomiendan los especialistas. El problema aparece cuando ese diálogo se convierte en una negociación constante y el adulto termina por no sostener su propia palabra. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, hay cosas que se charlan en familia y cosas directamente no se negocian.

“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

Acá viene una distinción que a mí, como adulta rodeada de sobrinos, me parece central y que la especialista se encarga de remarcar con énfasis: el autoritarismo es lisa y llanamente un abuso de poder. Respetar a un chico no significa dejarlo hacer lo que quiera cuando quiera; el respeto pasa por el buen trato y por la forma en la que se pone el límite, no por la ausencia de normas. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que hoy siguen vigentes en cualquier conversación de consultorio:

  • Autoritario: reglas rígidas, obediencia y poca escucha hacia el niño.
  • Permisivo: mucho cariño y calidez, pero escasez de límites claros.
  • Democrático o autoritativo: combina normas firmes con diálogo y contención afectiva, y es el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio.

El miedo al enojo del hijo

La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias en Buenos Aires, me dijo algo que me resonó fuerte: los padres permisivos suelen ser muy cariñosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica, aclara la especialista, puede favorecer la autoestima porque el chico se siente querido y aceptado, pero al mismo tiempo le genera dificultades para autorregularse, una tolerancia a la frustración bastante baja y una resistencia marcada frente a cualquier figura de autoridad. Traducido a la vida cotidiana: chicos que no toleran que les digan no en la escuela, que se frustran ante una tarea difícil o que reaccionan con pataletas cada vez que algo no sale como quieren.

Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado y no una manera de apretar al otro. Son indispensables, dice, para aprender a vivir en sociedad, porque la vida misma ya viene con una buena dosis diaria de frustraciones: hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos todos los días, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, aparentemente intrascendentes, van construyendo de a poco la tolerancia a la frustración. Esa capacidad, coinciden las especialistas, no aparece por generación espontánea, se aprende. Y si un niño no experimenta el no dentro de un entorno seguro y contenedor, es probable que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones más complejas cuando esté afuera de la casa.

El trabajo no termina con el no

Bellota además subraya algo que a mí me parece clave y que muchos padres y madres interpretan mal: el trabajo del adulto no termina cuando dice no. El no es apenas el comienzo. Después viene la parte que más cuesta, que es explicar por qué, sostener la decisión aunque el chico se enoje, contener el llanto sin ceder por cansancio y, sobre todo, reparar el vínculo si el momento se pasó de rosca. Esa reparación, me decía la psicóloga, es la que enseña que la relación se banca un desacuerdo sin romperse.

Vuelvo a la mamá del principio. Después de varias consultas, empezó a probar otra cosa: mantenía la orden del almuerzo sin caramelos, aunque su hijo protestara. Las primeras veces fueron un papelón, me contaba entre risas. Pero a las dos semanas, el nene dejó de patalear por el caramelo y empezó a tolerar mejor otras pequeñas negativas del día. No es que se volvió un nene obediente y callado, me aclaraba ella, sino que entendió que el no de mamá era un no de verdad, y que eso no significaba que lo dejara de querer. Esa diferencia, tan finita en el papel y tan enorme en la práctica, es probablemente la que separa a una crianza amorosa con límites de una crianza que, con la mejor de las intenciones, termina dejando al chico a la deriva emocional.

DO
Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

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