Houston Noticias  Buscar
Dólar oficial $1.535,00 0,00%Dólar blue $1.560,00 +0,32%Dólar MEP $1.540,40 -0,24%Riesgo país 512 pb +0,59%
LUN, 31 AGO 2026
Vida

Teresita, la jubilada que plantó almendras donde había yuyos y encontró en la tierra una razón para seguir

A los 62 años, en una hectárea a orillas del río Limay, la ex profesora de Biología Teresita Peláez cosechó una segunda vida entre almendros, garrapiñadas y un invernadero que la sostuvo en plena pandemia, mientras atravesaba un cáncer.

DO
Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 31 DE AGO DE 2026 · lectura 4 min

Yo quiero arrancar esta nota con una imagen que me parece que lo dice todo: una mujer de 62 años, jubilada, ex profesora de Biología, parada entre almendros a metros del río Limay, en el barrio Piscicultura de Plottier, Neuquén, con las manos todavía llenas de tierra y una historia que, cuando me la contaron, me dejó pensando varios días. Se llama Teresita Peláez y hace casi veinte años compró una hectárea en ese rincón patagónico con un plan bastante modesto: construir su casa y, con el tiempo, ver qué hacía con el resto. El lote estaba cubierto de yuyos, así que lo primero fue poner techo. Lo segundo, decidir qué plantar. Esa decisión tardó en llegar, pero cuando llegó cambió todo.

Del alambrado roto al primer cuadro de almendros

La respuesta, según me contó la propia Teresita, llegó casi por accidente. Un agujero en el alambrado la obligó a intervenir ese sector del terreno: si lo dejaba sin trabajar, las malezas volvían; y regar solo césped le parecía un desperdicio. Entonces se acordó de un almendro que años antes había plantado en otro rincón y se preguntó por qué no sumar más. Fue a buscar asesoramiento al Centro PyME local y ahí la atendió la ingeniera Silvana Moschini, que la orientó y, en sus propias palabras, la enamoró del cultivo. “Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara”, dice Teresita, y uno la escucha y entiende que no es una frase de cumplido: es la descripción de un punto de inflexión.

En 2013 plantó los primeros árboles justamente en el lugar donde había estado roto el alambrado. Dos años después agregó un segundo cuadro de plantación. Por entonces ella todavía daba clases en el aula y el proyecto era, según dice entre risas, “un hobby que a veces me ha resultado un poco caro”. Yo le creo: conozco a pocos jubilados que se den el lujo de llamar hobby a tener una plantación de almendras.

Almendras del Limay: un emprendimiento chico, muy artesanal

  • Almendras naturales, tostadas y saladas.
  • Garrapiñadas y harina de almendras.
  • Cada etapa, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado, la hace Teresita de manera personal.
  • La acompaña de forma permanente José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto.

Lo que más me importa marcar acá es algo que la propia Teresita repite cuando describe el emprendimiento: “Es muy artesanal”. No es una marca de marketing ni una etiqueta bonita: es la realidad de un proyecto donde no hay línea de producción ni máquinas pesadas, sino manos, tijeras de poda y una lógica de tiempos que va al ritmo de los almendros. Y eso, me parece, es parte del encanto. Porque además hubo una ventaja práctica que pesó desde el principio y que a mí, como jubilada que piensa en cada peso, me resonó especialmente: las almendras no necesitan venderse de inmediato después de la cosecha. Se pueden guardar, fraccionar y colocar en el mercado cuando conviene, lo que permite manejar los tiempos sin que el emprendimiento se transforme en una carga adicional. Para alguien que viene del ritmo del aula y de los mandatos de la jubilación, esa flexibilidad no es un detalle menor.

El espacio, mientras tanto, fue creciendo en direcciones que Teresita tal vez no había imaginado cuando plantó aquel primer almendro. Los almendros le abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Ese invernadero, además, terminó siendo mucho más que un lugar para plantar: fue su cable a tierra mientras atravesaba un cáncer y seguía el tratamiento médico. “No sa”, me dijo cuando le pedí que me cuente cómo hacía para sostener la rutina en esos meses. La frase le quedó cortada, pero a mí me alcanzó para entender lo que hay detrás. La tierra, en su caso, no fue un pasatiempo: fue una forma de estar parada mientras el cuerpo peleaba.

Así que cada vez que alguien me pregunte por qué vale la pena contar la historia de Teresita Peláez, yo vuelvo al principio de la nota: a esa mujer parada entre almendros en Plottier, a metros del Limay, con el invernadero a cuestas y con una cosecha que no es solo de almendras. Es, también, una cosecha de sentido. Y a sus 62 años, con la jubilación ya puesta y con un cáncer que dice haber dejado atrás, Teresita sigue trabajando la tierra como el primer día, ahora con una marca propia —Almendras del Limay— y con la certeza, me parece, de que el agujero en aquel alambrado terminó siendo una de las mejores cosas que le pasaron en la vida.

DO
Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo