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JUE, 03 SEPT 2026
Vida

La vuelta al mundo que empezó con una mochila y terminó con una historia de película

Un chico que quedó en silla de ruedas a los 17 y un amigo terapeuta recorrieron cuatro continentes en tres meses, y demuestran que los límites se corren cuando hay voluntad y compañía.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación · 3 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Les cuento cómo empecé a seguir esta historia. Me llegó el video de un chico que subía 268 escalones cargado en la espalda de su amigo y, la verdad, no podía dejar de mirarlo. Porque no era un truco ni una hazaña circense: era Fletcher Crowley, un australiano que a los 17 años se fracturó dos vértebras en un accidente de ciclismo de montaña, quedó parapléjico y, mucho tiempo después, decidió recorrer medio mundo con Lachie Bennett, un amigo del colegio que hoy trabaja como terapeuta en el mismo centro de rehabilitación donde los dos se reencontraron.

Para que se entienda el peso de lo que hicieron, vale una aclaración que a mí, como lectora y como madre, me parece clave. En la Argentina, cuando hablamos de accesibilidad todavía nos referimos a rampas, ascensores y baños adaptados en edificios públicos, una deuda que arrastramos desde hace décadas y que se nota sobre todo en las escuelas, en los hospitales y en el transporte. El sistema argentino trabaja, cuando lo hace, con obras y proyectos puntuales; el de Texas y el de Australia, donde viven Fletcher y Lachie, apunta a que la persona pueda moverse de manera autónoma y, si necesita ayuda, que esa ayuda esté contemplada como parte del recorrido y no como un favor. Esa diferencia no es menor, y ayuda a entender por qué la logística de un viaje así depende tanto de la buena voluntad de los amigos como de las ciudades.

Una amistad que nació en un turno en la clínica

Fletcher puede ponerse de pie y caminar unos pasos, pero el esfuerzo lo deja sin aire enseguida. Eso no le quitó la idea de viajar, ni se la quitó a Lachie, que lo conoce desde chico y que se recibió de terapeuta en el centro donde Fletcher hace su rehabilitación. La amistad, me imagino, se fue construyendo en las cenas de los turnos nocturnos, en las pausas del café y en las conversaciones largas que nacen cuando dos personas comparten mucho más que un oficio.

El propio Fletcher lo cuenta con una frase que a mí me parece de esas que vale la pena guardar: habla de que él y Lachie comparten la música, la moda, las ganas de conocer gente y de vivir experiencias distintas, y también algo más íntimo, los dos atravesaron episodios de ansiedad y aprendieron a transitarlos. Esa es la base sobre la que se construyó lo que vino después: una amistad que no necesita explicarse.

Tres meses, cuatro continentes y una oferta que cambió todo

  • Hong Kong: Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Lo describieron como un momento surrealista.
  • Suiza: una familia que los seguía por redes los invitó a quedarse en su casa y los hizo sentir como en la suya.
  • Francia: se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • Brasil: cuatriciclo por la selva y la sensación de que la amabilidad local no tiene horario.
  • Sudáfrica: safari, buceo con tiburones y vuelo en parapente.

La logística no siempre fue fácil. Algunos lugares directamente no eran accesibles y hubo que buscar caminos alternativos o resignarse a que Lachie cargara a Fletcher a cuestas. Como leí que ellos mismos dicen, puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione. Esa frase, la de casi todo funcione, me parece una manera honesta de contar la vida cuando se depende de una silla de ruedas: no es que todo sea igual para todos, es que con un poco más de esfuerzo casi todo se puede.

Cómo se financió la aventura y qué pueden aprender las familias

Al principio pagaron el viaje con ahorros propios. Cuando empezaron a subir videos a internet, la respuesta fue tan grande que armaron una campaña de micromecenazgo que les dio margen para ser más espontáneos. Gran parte del alojamiento se resolvió gracias a contactos que fueron haciendo en el camino, una red que empezó con la familia suiza que los hospedó y se fue extendiendo de boca en boca.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Lema de Fletcher Crowley y Lachie Bennett

El dato práctico que quiero dejarles a las familias que me leen es este. Si en la Argentina alguien está organizando un viaje con un hijo, un padre o un amigo que se mueve en silla de ruedas, conviene tomarse el trabajo de chequear con anticipación los accesos en cada ciudad, preguntar por ascensores en hoteles y estaciones, y llevar siempre un plan B, porque la accesibilidad cambia de barrio en barrio y de provincia en provincia. Fletcher y Lachie, con 268 escalones en la espalda incluida, son la prueba de que la parte más difícil del viaje no suele ser el paisaje, sino la decisión de animarse.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación

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