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SÁB, 26 SEPT 2026
Vida

Cinco años menos sin enfermedades: lo que la soledad les hace a los argentinos que ya pasaron los 40

Una investigación británica con más de 277 mil personas encontró que sentirse solo y tener poco contacto social no son lo mismo, y que sus efectos sobre la salud tampoco lo son. La brecha más grande llegó a los 5,8 años y golpeó la salud mental de los hombres.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación · 26 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Lo vi una mañana, en el patio de una escuela primaria del conurbano bonaerense, mientras esperaba que saliera mi hija menor. Una mujer de unos cincuenta y tantos, María, conversaba con la preceptora y le decía, casi como confesión: «Yo tengo conocidos, pero a veces me siento más sola que nunca». Esa frase se me quedó dando vueltas durante días, hasta que me topé con un trabajo científico que, leído desde acá, en la Argentina, parece pensado para esa escena: una investigación del Biobanco del Reino Unido que comprobó que estar poco acompañado y sentirse solo, aunque se parecen, no son la misma cosa ni hacen el mismo daño.

El estudio, difundido por la Universidad de Tulane en un comunicado del 22 de septiembre de 2026 y dirigido por el investigador Lu Qi, siguió durante años a más de 277.000 personas de entre 40 y 69 años. Ninguna padecía, al comenzar el seguimiento, ninguna de las siete enfermedades que se tomaron como referencia: diabetes, problemas cardíacos, pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. A partir de esos datos, el equipo calculó cuántos años de vida saludable podía esperar cada participante desde los 50. La diferencia entre los más conectados y los más solos fue, en algunos casos, de casi seis años.

No es lo mismo estar aislado que sentirse solo

La primera aclaración que hace el trabajo, y que a mí me parece la más importante para que los lectores entiendan los números, es la distinción entre aislamiento social y soledad. El aislamiento social es objetivo: se trata de tener pocas relaciones o de interactuar poco con los demás. La soledad, en cambio, es subjetiva: es el malestar que aparece cuando esas relaciones, por más que existan, no nos dan una conexión significativa. Por eso una persona puede tener muchos contactos y sentirse sola, o puede tener pocos y estar perfectamente acompañada.

Cuando se miraron los resultados por separado, las diferencias fueron notorias. Entre las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento, la estimación de vida sin enfermedades físicas fue 2,4 años menor que la de quienes estaban mejor conectadas. Entre los hombres, esa brecha fue de 1,7 años. Pero al mirar la salud mental, el cuadro cambió de manera drástica: las mujeres perdieron 3,7 años de vida sin depresión ni ansiedad, y los hombres, 5,8 años. Es la cifra más alta que arrojó el trabajo y la que más ruido hizo entre los investigadores.

Por qué los hábitos alcanzan para una cosa y no para la otra

Acá aparece otro dato que me parece clave para las familias argentinas, tan acostumbradas a escuchar que «basta con comer bien y caminar». En el trabajo, los hábitos saludables —una alimentación equilibrada, actividad física, buen sueño y no fumar— sí atenuaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social. Es decir, sirvieron para compensar, en parte, el hecho objetivo de tener pocos vínculos. Pero no redujeron de manera significativa los riesgos vinculados con sentirse solo. Lo que el cuerpo registra como daño parece ser, sobre todo, la sensación de no estar acompañado de verdad.

“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y muestran que la soledad y el aislamiento social deben como problemas de salud pública, no solo como estados emocionales.”Lu Qi, investigador principal del estudio

Para dimensionarlo en clave local, vale la pena comparar el sistema en el que se hizo el estudio con el argentino. El Biobanco del Reino Unido es una mega base de datos con medio millón de voluntarios, donde se cruza información genética, clínica y de hábitos de vida con seguimiento durante décadas. En la Argentina no existe algo así de grande, aunque sí hay cohortes del Hospital Italiano y de algunos centros universitarios. La diferencia es que allá, con ese volumen, se pueden aislar efectos muy finos, como distinguir entre la falta de contactos y la falta de sentido en los contactos. Acá, por ahora,endemos de estudios más chicos y de encuestas poblacionales como las del INDEC o la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo.

Qué pueden hacer las familias a partir de estos datos

Antes de cerrar, quiero dejar algo concreto, porque me imagino a más de un lector de entre 40 y 60 años pensando «esto me toca de cerca». La investigación no dice que haya que salir a hacer cientos de amigos ni que los hábitos no importen. Dice dos cosas que vale la pena llevarse puesto: que la calidad de los vínculos cuenta más que la cantidad, y que cuidar el cuerpo no alcanza si la cabeza sigue dando vueltas con la soledad. Para las familias, eso se traduce en gestos pequeños y bastante posibles: llamar a un padre que vive solo no para preguntar «cómo está», sino para contarle algo nuestro; proponerle a un amigo mayor un café con hora fija; invitar a un vecino a una caminata en lugar de ir solos al parque. Y, sobre todo, no dar por sentado que alguien que está siempre rodeado no se puede estar sintiendo solo. Eso, justamente, fue lo que me enseñó María en el patio de aquella escuela.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación

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