Capacidad intrínseca: el puntaje que la OMS quiere imponer para medir cuánto se envejece, no cuántas enfermedades se acumulan
Un indicador que combina cognición, movilidad, sentidos, ánimo y energía busca anticipar deterioros antes de que se conviertan en diagnósticos. Todavía no se usa en los consultorios, pero hay ensayos clínicos en marcha para validarlo.
Don Tomás tiene 74 años, vive solo en un departamento de Belgrano y cada vez que va al médico de cabecera vuelve a casa con la misma sensación agridulce: le midieron la presión, le pidieron un análisis de sangre y le dijeron que, por ahora, está bien. "Pero yo noto que me canso más, que de noche no escucho el timbre y que a veces me olvido la palabra que estoy por decir", me dijo el otro día, mientras tomábamos un café con leche en un bar de la esquina. Su historia no es un caso aislado: es exactamente la clase de situaciones que un grupo de investigadores de longevidad quiere empezar a mirar con otros ojos, y para eso crearon lo que llaman capacidad intrínseca, un número que pretende resumir cuánto puede hacer el cuerpo y la mente de una persona mayor, mucho antes de que aparezca una enfermedad con nombre y apellido.
El concepto no es nuevo en los papers, pero empieza a discutirse cada vez más fuera de la academia. La Organización Mundial de la Salud lo formalizó en 2015, como una de las piezas centrales de su programa de Envejecimiento Saludable, y lo pensó a contramano de la lógica del consultorio: en lugar de esperar a diagnosticar patologías, propone medir qué tan bien funciona el organismo en su conjunto, como si fuera una orquesta y no una lista de instrumentos sueltos.
Cinco dimensiones para un solo puntaje
- Cognición: memoria, atención y capacidad de resolver problemas cotidianos.
- Locomoción: fuerza muscular y movilidad, incluyendo pruebas como velocidad al caminar y fuerza de agarre.
- Capacidad sensorial: visión y audición, dos sentidos clave para la autonomía.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo, presencia o no de síntomas depresivos.
- Vitalidad: energía general y tolerancia al esfuerzo físico, una dimensión que suele ser la más subestimada.
Lo interesante, y a la vez lo más ambicioso, es que varias de esas pruebas ya se usan en los consultorios de geriatría. La velocidad al caminar, la fuerza de agarre y los tests de detección de deterioro cognitivo forman parte de la rutina de los especialistas. Lo que cambió es la decisión de meter todo eso en un mismo índice y, sobre todo, de seguirlo en el tiempo, como se sigue la glucemia en un paciente diabético o la presión arterial en un hipertenso.
“Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad.”John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia
Beard es uno de los cerebros detrás de la idea, y la frase que eligió para explicarlo condensa toda la filosofía del proyecto. En criollo: no hace falta estar enfermo para empezar a perder funcionalidad, y la capacidad intrínseca pretende detectar ese deterioro silencioso antes de que se transforme en una caída, un infarto o un cuadro de demencia. En otras palabras, se corre del paradigma de la enfermedad al paradigma del funcionamiento.
Mientras esa discusión avanza en los papers, en Francia ya hay un ensayo clínico en marcha en el que adultos mayores completan cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y, cuando el puntaje cae, reciben recomendaciones personalizadas o son derivados a un médico o a un especialista en geriatría para estudios más profundos. Los resultados, por ahora, no son concluyentes, pero la mecánica ya está probándose en la vida real.
Del otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud está financiando un programa con una apuesta todavía más fuerte: demostrar que la capacidad intrínseca refleja cómo se siente y cómo funciona una persona, y que ese puntaje puede mejorar con intervenciones concretas, desde ejercicio físico hasta fármacos que ya existen en el mercado. Si lo logran, el indicador no solo serviría para hacer un seguimiento clínico, sino también como criterio para aprobar nuevos medicamentos dirigidos al envejecimiento, una categoría que hasta hace poco sonaba a ciencia ficción y hoy ya mueve millones de dólares en investigación.
Vuelvo a Don Tomás, entonces, porque su ejemplo sirve para entender de qué hablamos cuando hablamos de capacidad intrínseca. A él nadie le midió la velocidad con la que camina los cien metros hasta la farmacia, ni le preguntaron cuánta energía siente que tiene para subir las escaleras del subte, ni le evaluaron la audición con un test estandarizado. Salió del consultorio con la presión bien y el colesterol dentro de los parámetros, pero con las mismas dudas con las que entró. Un puntaje de capacidad intrínseca, seguido a lo largo de los años, podría haberle dado a su médica de cabecera una foto más fina: no solo qué tan sano está, sino cuánto se está moviendo hacia la dependencia. Y eso, para personas como él, no es un dato menor: es la diferencia entre seguir manejando, yendo a ver a los nietos y cocinándose su propia comida, o empezar a perder esa autonomía en silencio, de a poquito, hasta que un día ya no pueda más.
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