Caminar, levantar peso y dormir: la receta que la fisioterapia le ofrece al deseo sexual
La especialista en suelo pélvico Erika Lydon explica cómo empezar con ejercicios suaves y por qué el exceso de entrenamiento, la mala alimentación y el estrés pueden jugar en contra de la libido. Una guía clara para ordenar la rutina sin falsas promesas.
Lo vi con mis propios ojos una mañana, en una plaza de Palermo, mientras esperaba que abriera la escuela de mis hijos: una mujer de unos cincuenta y tantos, con el jogging clásico y un par de auriculares, terminaba su caminata con una sonrisa que no era de cortesía sino de alivio, esa que aparece cuando el cuerpo se aflojó después de moverse. Me quedé pensando en cuántas cosas de la vida cotidiana —el ánimo, el sueño, hasta la vida sexual— se juegan en esos minutos que decidimos regalarle al movimiento. Por eso me llamó la atención la entrevista que leí esta semana a Erika Lydon, una fisioterapeuta especializada en suelo pélvico que viene recorriendo un argumento muy simple y muy poco explotado en las revistas: la actividad física puede favorecer la función sexual, pero el entrenamiento mal planteado, sin descanso ni comida suficiente, también puede arruinar el deseo. No es una promesa mágica, es una invitación a mirar la rutina con ojos más amables.
Empezar por algo que se pueda sostener
La primera idea que repite Lydon suena casi obvia, pero es la que más se suele saltar la gente cuando se propone "empezar a hacer ejercicio" en enero y abandona en marzo: hay que arrancar con movimientos que resulten disfrutables y que se puedan mantener en el tiempo. Ella sugiere como puerta de entrada una caminata de 15 minutos, para después ir subiendo la exigencia de a poco. Esa lógica de progreso gradual —y no de inicial— es la misma que cualquier entrenador serio aplica con alguien que vuelve a la actividad después de años sedentarios, y se parece bastante a la idea de ir de a poco que uno escuchaba en la educación física de la primaria, cuando la maestra nos decía que el cuerpo necesita aprender a confiar otra vez en el movimiento.
Como referencia general —y acá viene la primera aclaración importante para no malinterpretar a la especialista—, Lydon menciona la pauta que suelen repetir las guías de salud pública: para la mayoría de las personas, acumular 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado por semana, o 75 minutos de actividad intensa, sumados a dos jornadas de entrenamiento de fuerza. En Argentina uno escucha cifras parecidas desde el médico de cabecera o en las campañas del Ministerio de Salud, así que no estamos frente a una rareza. Lo que la fisioterapeuta subraya es que esa meta apunta a la salud general: no es un tratamiento específico para el bajo deseo ni garantiza, por sí sola, que la libido cambie. La salud de cada persona, su estado emocional, su descanso y su vínculo con la comida también escriben esa historia.
Cuando aparecen molestias, la consulta va primero
Antes de lanzarse a sumar ejercicios específicos para la vida sexual, Lydon recomienda un paso que muchos salteamos: consultar a un profesional de la salud o a un fisioterapeuta especializado en suelo pélvico si hay dolor o preocupación por el desempeño sexual. Esa musculatura —que sostiene las estructuras de la pelvis y participa en la función sexual— no siempre necesita fortalecerse. A veces, el problema es exactamente el contrario: músculos que viven contraídos y no logran relajarse, y que terminan convirtiendo las relaciones en algo molesto o directamente doloroso.
“Los ejercicios de Kegel, por ejemplo, pueden servir en algunos casos y aumentar la tensión en otros. Si los músculos permanecen contraídos o tienen dificultades para relajarse, las relaciones pueden volverse dolorosas.”Erika Lydon, fisioterapeuta especializada en suelo pélvico
A esa advertencia se suma otra que me pareció clave para las familias que tienen adolescentes entrenando fuerte en el gimnasio o para los adultos que se engancharon con el running y quieren sumar pesas: entrenar sin alimentarse adecuadamente ni recuperarse lo suficiente puede afectar el deseo. Es un dato que conversa con lo que viene repitiendo desde hace años la endocrinología deportiva, y que acá en Buenos Aires uno escucha en consultorios de nutricionistas que atienden a deportistas amateurs: el sobreentrenamiento, la falta de sueño y las dietas pobres en energía terminan apagando señales hormonales que también regulan la libido. El cuerpo, cuando lo apuramos demasiado sin darle combustible y descanso, se pone en modo ahorro.
Por qué el movimiento puede ayudar a la vida sexual
- Mejor circulación: el trabajo aeróbico favorece al corazón y los vasos sanguíneos, y facilita la llegada de sangre a los órganos sexuales. Ese flujo interviene en la erección y puede contribuir a la excitación y a la función sexual femenina.
- Menos estrés: la tensión sostenida suele dificultar el interés sexual. El ejercicio puede ayudar a mejorar el ánimo y a facilitar la relajación, dos condiciones que muchas veces anteceden al deseo.
- Más energía y equilibrio hormonal: el entrenamiento de fuerza puede colaborar con procesos vinculados a la energía, el manejo del estrés y el equilibrio hormonal, según resumió Lydon.
- Descanso reparador: dormir mejor o sentirse menos estresado suele aparecer antes que cualquier cambio específico en la función sexual, y es una pieza clave del rompecabezas.
En diálogo con esta idea, me acuerdo de lo que me dijo hace poco Marcela, docente de una escuela primaria de San Telmo y madre de dos chicos que entrenan fútbol tres veces por semana: "Los pibes llegan a casa con hambre de oso y duermen como troncos, pero al mes y medio se nota otra cara, están más tranquilos, hasta pelean menos entre hermanos". No es un dato científico, es la experiencia de una mamá que ve cómo el movimiento reorganiza la vida cotidiana de sus hijos. Esa misma lógica, ampliada y con ritmo, es la que describe Lydon cuando habla de la vida sexual de los adultos.
Un dato práctico para llevarse a casa
Si hay que resumir la conversación en una sola idea que las familias puedan aplicar desde esta semana, me quedo con esta: empezar con 15 minutos de caminata por día —o con cualquier movimiento que resulte agradable y se pueda sostener— y, a partir de ahí, sumar progresivamente ejercicio aeróbico y dos jornadas de fuerza, siempre mirando si aparecen molestias en la zona pélvica o una caída marcada del deseo. En esos casos, la consulta con un profesional de salud o con un fisioterapeuta de suelo pélvico va antes que cualquier rutina copiada de redes. Y, sobre todo, recordar que sin comida suficiente y sin descanso, ni el mejor plan de entrenamiento protege la libido: el cuerpo necesita combustible, pausa y tiempo para volver a tener ganas.
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