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LUN, 14 SEPT 2026
Vida

Shirin-yoku, la caminata japonesa que propone dejar el reloj y los auriculares en casa para reencontrarse con el bosque

Nació como política pública en Japón en los años ochenta y hoy se estudia en universidades de todo el mundo. Los expertos coinciden en que bajar un cambio, mirar los árboles y respirar profundo ya mueve algo en el cuerpo, aunque todavía queden varias preguntas abiertas.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 6 min

Les cuento cómo arrancé a interesarme por el shinrin-yoku, que es la forma en que los japoneses llaman a eso que podríamos traducir como baño de bosque. Hace unos meses me crucé con Marta, una colega de fifty y tantos que vive en San Isidro y que estaba, según sus propias palabras, hasta las manos con el cuello endurecido, el sueño hecho pedazos y una irritabilidad que le estaba complicando hasta la relación con los vecinos del edificio. Un sábado, casi por desesperación, se calzó unas zapatillas, agarró una botella de agua y se fue a caminar sola por el parque que tiene unas pocas hectáreas de árboles maduros al fondo de su barrio. Me dijo que volvió otra. No porque hubiera hecho un descubrimiento místico, sino porque durmió esa noche como no dormía desde hacía meses. A partir de ese día, empezó a ir todas las semanas, siempre el mismo circuito, siempre sin teléfono en la mano. Cuando me lo contó, lo primero que pensé fue: esto tiene nombre, tiene historia y, sobre todo, tiene bastante más ciencia de la que uno imaginaría.

La práctica nació en 1982 en Japón, en pleno proceso de industrialización acelerada y de mudanza masiva del campo a las ciudades. El gobierno de turno detectó que el estrés laboral crónico se estaba volviendo un problema de salud pública y empezó a pensar políticas para que la gente volviera a tener contacto con los entornos naturales, que en ese país todavía eran accesibles desde buena parte de las grandes urbes. De ese diagnóstico salió el shinrin-yoku, que en una traducción bastante ajustada sería algo así como sumergirse en el bosque con todos los sentidos. La receta era y sigue siendo simple: caminar despacio, sin cronómetro, sin meta deportiva, sin auricular ni aplicación de seguimiento, prestando atención a lo que se ve, a lo que se escucha, a lo que se huele y al aire que se respira. Nada más.

Qué dice la ciencia y qué todavía no

Con el correr de las décadas, varios equipos de investigación se pusieron a medir qué pasaba en el cuerpo de personas que hacían este tipo de caminatas. Los resultados más sólidos, y que se repiten en distintos estudios, muestran descensos en indicadores fisiológicos de estrés, sobre todo en los niveles de cortisol, que es la hormona que se dispara cuando estamos en estado de alerta permanente. También se registran cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, que es la parte del sistema nervioso que se activa cuando sentimos que tenemos que correr, pelear o resolver mil cosas a la vez. Algunos trabajos, además, estudiaron la influencia de los fitoncidas, que son compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque en este punto los propios investigadores reconocen que todavía no hay conclusiones firmes como para afirmar que caminar entre pinos o eucaliptos nos defiende de resfriados o virus.

Paso a paso: cómo armarse un baño de bosque sin irse al norte

  • Elegir un lugar verde accesible: puede ser una plaza con árboles maduros, una reserva urbana, un parque municipal o la barranca de un río. No hace falta un bosque remoto ni un viaje largo.
  • Definir una ventana de tiempo, no un objetivo de pasos. Entre media hora y una hora es un buen punto de partida. La idea es sostener la caminata el tiempo que el cuerpo y la cabeza necesiten, no terminar a las apuradas por una alarma.
  • Dejar el teléfono en modo avión o, mejor todavía, en el bolso. Si se necesita para orientarse, se puede usar el mapa antes de salir, pero la caminata en sí se hace sin pantalla en la mano.
  • Caminar lento, a paso de peatón despreocupado, sin meta de distancia ni de ritmo cardíaco. Si aparece la tentación de apurar el paso o de competir con alguien, hay que volver a bajar el cambio.
  • Ir activando los sentidos uno por uno, en la medida en que cada uno pueda: mirar texturas de cortezas y hojas, escuchar el canto de pájaros y el crujido de ramas, oler la tierra húmeda, tocar un tronco si aparece en el camino, respirar por la nariz de manera profunda.
  • Si aparecen pensamientos intrusivos sobre pendientes, mensajes o reuniones, registrarlos sin engancharse y volver la atención a lo sensorial. Es una práctica de presencia, no de productividad.
  • Al volver, anotar unas líneas en una libreta o en un archivo del celular qué se sintió, qué llamó la atención y cómo se durmió esa noche. Con el tiempo, eso sirve para ver si la práctica se sostiene en el cuerpo.

Hablé del tema con la doctora Carolina Méndez, abogada y especialista en derecho ambiental, que suele trabajar en causas vinculadas a espacios verdes urbanos y que además es una caminadora serial de la reserva de Vicente López. Le pregunté, medio en serio medio en broma, si existía alguna forma legal de obligar a un edificio de oficinas a tener un arboleda cerca para que los empleados pudieran hacer shinrin-yoku en el almuerzo. Me respondió que, más allá de la broma, varias legislaciones locales en Argentina y en el mundo empiezan a reconocer al arbolado urbano como parte del derecho a un ambiente sano, y que cada vez hay más fallos que obligan a municipios a mantener y proteger sus plazas y parques. Me insistió en algo que me quedó dando vueltas: las ciudades que conservan sus espacios verdes no solo están cuidando un paisaje, están cuidando infraestructura de salud pública.

Antes de cerrar quiero volver a Marta, mi colega de San Isidro, porque su experiencia me sirve para graficar algo importante. Los investigadores son claros en algo: casi todos los estudios que muestran beneficios comparan el bosque con ambientes urbanos típicos, así que todavía no se puede aislar con exactitud cuánto del efecto viene de los árboles en sí y cuánto de factores asociados como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o, simplemente, alejarse unas horas de la oficina y de la familia. Eso no le quita mérito a la práctica. Al contrario, me parece que la vuelve más honesta: no nos está vendiendo una pócima mágica, nos está proponiendo sacar al sistema nervioso del modo emergencia por un rato, con la excusa de mirar un árbol. Marta me dijo la última vez que la vi que ya no espera ansiosa el fin de semana, sino el momento en que se mete otra vez entre los eucaliptos de su plaza. Es, si lo pienso, una manera bastante concreta de decirle al propio cuerpo que todavía se puede vivir a una velocidad humana.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

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