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DOM, 11 OCT 2026
Vida

Por qué nos cuesta decir que no y qué pasa cuando aprendemos a callar lo que queremos

Ansiedad, resentimiento y hasta dolores sin causa clara: el precio de no saber poner límites. Especialistas consultados por este medio explican cómo se construyen desde la infancia y por qué pueden revisarse a cualquier edad.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación · · lectura 3 min
Por qué nos cuesta decir que no y qué pasa cuando aprendemos a callar lo que queremos

Lo que pasa en una sala de Jardín suele ser un espejo bastante fiel de lo que pasa afuera. El nene que empuja, la nena que cede el juguete sin querer hacerlo, la maestra que intenta sostener un límite que en la casa a veces no existe. Esa escena mínima, repetida miles de veces en las escuelas argentinas, tiene una explicación que va bastante más allá de la educación: tiene que ver con cómo cada uno aprendió, de chico, a decir que no. Y también con qué pasó cuando alguien intentó hacerlo por nosotros.

Según explican los especialistas en desarrollo infantil consultados para esta nota, el límite empieza a formarse mucho antes de lo que imaginamos. Literalmente, desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. El pecho que no siempre está, el "no" ante el peligro, la espera antes de la satisfacción, todo eso, aunque se vive como frustración en el momento, es lo que después permite distinguir el propio deseo de la realidad. El límite, dicen los expertos, no es lo opuesto del amor sino una de sus formas.

Dos patrones que se ven a diario

Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos figuras opuestas y muy reconocibles. La primera es la de quien no puede poner límites. Aprendió temprano que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. La psicóloga Mariana lo resume con una frase que repite en el consultorio: "Me cansé de decir que sí a todo y después no entender por qué estaba enojada". Los costos, dicen los especialistas, son muy concretos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando y un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

El segundo patrón es el de quien no tolera el límite ajeno. Cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío. Esa postura puede parecer fortaleza, pero detrás suele haber una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, a mediano plazo, se organizan alrededor de su voluntad y eso las va vaciando.

Por qué se puede cambiar

Entre los dos extremos hay un punto intermedio que no es sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende afectiva o económicamente. Pero, según los especialistas, ese costo casi siempre es menor que el de quedarse callado. Y lo más importante: nada de esto es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, si no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado, dicen, ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro. Como le dijo a este portal la psicopedagoga Laura, que trabaja con familias en el conurbano bonaerense, "a los cuarenta años entendí que el límite que no me pusieron de chica me lo estaba poniendo el cuerpo, y recién entonces empecé a ponerlo yo con palabras". Una pista para las familias, en una línea: el límite que un padre o una madre sostiene hoy, por más enojoso que parezca, puede ser el que dentro de veinte años le ahorre a su hijo una consulta con un especialista.

GS
Gabriela Sosa TrigoSociedad y educación

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