De los colectivos porteños a la seda pintada a mano: la semana de la moda local desplegó su mapa más federal y artesanal en el Palacio San Miguel
La 67° edición de Argentina Fashion Week reunió durante cinco jornadas a diseñadores consagrados, jóvenes creadores y propuestas de Misiones y Chile, con Benito Fernández cerrando el ciclo al celebrar cuatro décadas en la pasarela.
Todavía le dura la sonrisa a Lourdes Palacios Inza, una chica de Mar del Plata que el jueves a la noche se subió al escenario del Palacio San Miguel con el diploma de ganadora del concurso Yo, el joven creador de moda 2026, y que en cuestión de meses pasó de mezclar telas en el aula del Instituto Palladio a ver sus propios desfiles caminados por modelos profesionales frente a un salón lleno de cámaras y empresarios del sector. Lo que ella misma define como una locura se fue cocinando en silencio, cosido a mano durante meses, y terminó de explotar cuando la nombraron primera ganadora del certamen que la organización de Argentina Fashion Week reserva hace años para los que todavía no tienen nombre en el mundo de la moda, pero ya tienen una mirada propia.
Porque esa es, tal vez, la mejor manera de entrar a lo que dejó la 67° edición de Argentina Fashion Week, que durante cinco jornadas convirtió al Palacio San Miguel en una pasarela donde se cruzaron trayectorias muy distintas pero con un mismo objetivo común, que es el de mostrar qué se va a usar el próximo verano, el que se viene para 2027, y de paso exhibir de dónde viene la moda que se hace en el país, que cada vez tiene menos que ver con una sola ciudad y más con un mapa federal donde aparecen oficios viejos recuperados y materiales que parecían destinados a la basura. La producción general del evento volvió a quedar en manos de Héctor Vidal Rivas, el productor que desde hace años sostiene esta cita como una de las pocas semanas de la moda con continuidad real en la Argentina.
La apertura, entre lujo, dramatismo y novia
La primera jornada arrancó con el desfile Luxury Trends, que suele funcionar como una suerte de vitrineo para los nombres más establecidos del calendario, y en esa línea Gustavo Cadile presentó Jardín de Luz, una colección que él mismo describe como una carta de amor a la naturaleza, con vestidos largos, bordados y una lectura bastante contemporánea del universo femenino, esa idea de que se puede ser delicada sin dejar de tener carácter. En la misma noche se subieron a la pasarela Verónica de la Canal, que volvió a hacer del negro y del encaje su marca registrada con una propuesta cargada de dramatismo, y Pía Carregal, que mostró una cápsula nupcial donde las flores, reales o aplicadas, fueron el hilo conductor de cada look.
Los emergentes, la moda con causa y el cruce con Chile
- La final del concurso Yo, el joven creador de moda 2026 consagró a Lourdes Palacios Inza, estudiante del Instituto Palladio de Mar del Plata, con una colección inspirada en los colectivos, el fileteado porteño y la gráfica urbana de Buenos Aires.
- La Asociación Moda Sostenible Argentina, conocida como AMSOAR, reunió en una misma pasarela a firmas como Cosecha Vintage, Sianayuki y UME, que trabajan con materiales naturales, técnicas de upcycling y un fuerte componente artesanal.
- Misiones Fashion Week llevó diez firmas de la provincia al Palacio San Miguel, entre ellas Khayén, que recupera descartes de fábricas textiles a través de patchwork, en una jornada que se cerró con la propuesta Oficios de Francisco Ayala para la Cámara Argentina de la Moda, con telar, crochet y pintura a mano sobre seda.
- Chile Fashion Week participó con seis diseñadores, entre ellos Sofía Basurto, Luis Nario y Roberto Bugueño, en una movida que buscó reforzar el vínculo entre las industrias creativas de ambos países.
Benito Fernández, cuarenta años en una pasarela
El cierre, como ya es tradición en muchas ediciones, quedó en manos de Benito Fernández, uno de los pocos diseñadores argentinos que puede mirar hacia atrás y ver cuatro décadas seguidas de colecciones, desfiles, polémicas y momentos de gloria en esta industria siempre tan movediza. Su pasada se llamó Mi historia y fue exactamente eso, un repaso por distintas etapas de su carrera con piezas de colecciones anteriores reinterpretadas para el presente, como quien abre un baúl y decide que algunos vestidos todavía tienen cosas para decir. El aplauso final, claro, fue largo y sentido, porque en un país donde cuesta sostener una marca propia durante diez años, llegar a cuarenta es casi un milagro.
Y mientras Lourdes, la chica de Mar del Plata, guarda el diploma y empieza a pensar en cómo convertir aquella colección inspirada en los colectivos y el fileteado porteño en una marca que la banque el día de mañana, el Palacio San Miguel empezó a desarmar escenarios y a guardar luces, con la sensación de que dejó algo más que tendencias para el verano 2027, porque dejó en evidencia que la moda argentina, cuando se mira con paciencia, se parece bastante al país que la hace, diversa, federal, artesanal y, sobre todo, imposible de reducir a una sola pasarela.
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