Cuando el aire se vuelve corto: la fibrosis pulmonar puede pasar hasta dos años sin diagnóstico y los médicos piden no naturalizar la falta de aire
Especialistas consultados explican por qué la disnea y la tos seca no siempre alcanzan para detectarla, qué señales sí justifican una consulta urgente y por qué las enfermedades autoinmunes pueden dañar el pulmón sin que el paciente lo sienta.
Vuelvo del consultorio de neumonología con una pregunta que me queda dando vueltas: ¿cuántas veces escuchamos decir a un padre o a una madre de más de sesenta que le "falta el aire" al subir las escaleras, y lo atribuimos sin más a los años que pesan? La escena se repite en cualquier barrio porteño, en cualquier reunión de consorcio, en cualquier escalera de hospital público por la que uno sube y se cruza con un señor que se detiene en el descansillo y dice, casi como pidiendo disculpas, que ya no es el mismo. Yo misma lo escuché el otro día en la puerta de una escuela primaria, mientras acompañaba a una amiga a buscar a su hija: una abuela le decía a otra que casi no podía hacer las cuadras a pie, y la otra le respondía, con esa naturalización tan nuestra, que a esa edad era lógico. La conversación me dejó pensando porque, mientras tanto, los neumonólogos vienen repitiendo hace rato que la falta de aire progresiva en personas mayores no es un destino escrito y que, detrás de esa molestia que muchos minimizan, puede esconderse una fibrosis pulmonar que tarda hasta dos años en ser diagnosticada.
La fibrosis pulmonar idiopática, la forma más conocida de estas enfermedades intersticiales, produce cicatrices permanentes en el tejido del pulmón y, con el tiempo, dificulta que la sangre se oxigene como corresponde. Como me lo explicó con mucha claridad Juan Ignacio Enghelmayer, neumonólogo del Hospital de Clínicas especializado en enfermedades pulmonares intersticiales, "muchos pacientes llegan a la consulta después de meses, a veces hasta dos años, atribuyendo la pérdida de capacidad al hecho de haber cumplido 60 o 70 años". Esa frase me parece clave para entender por qué el problema se demora tanto en aflorar: tendemos a leer el cuerpo que envejece como un cuerpo que necesariamente se gasta, y eso nos hace tolerar señales que en realidad están gritando que algo anda mal.
Qué mirar y cuándo correr al médico
Los especialistas son muy claros a la hora de separar lo que es una consulta programada de lo que ya es una urgencia. Si la falta de aire aparece ante esfuerzos mínimos o se intensifica en pocos días, la evaluación tiene que ser inmediata. En cambio, si la disnea aparece en actividades que antes se toleraban sin problema, o si hay una tos seca que se prolonga en el tiempo, lo que corresponde es pedir un turno médico para que estudien el caso. La tos seca persistente y la disnea de esfuerzo son, según coinciden los profesionales consultados, las dos puertas de entrada más frecuentes para empezar a pensar en una fibrosis, aunque aclararon que esos síntomas por sí solos no alcanzan para confirmar el diagnóstico: pueden tener causas muy diversas, desde una hipertensión pulmonar hasta problemas cardíacos o secuelas de otras enfermedades respiratorias.
- Falta de aire que se intensifica en pocos días o aparece con esfuerzos mínimos: consulta urgente.
- Disnea progresiva en actividades que antes se toleraban bien o tos seca que no se va: pedir turno médico.
- No automedicar ni atribuir el síntoma al envejecimiento sin una evaluación previa.
- Si hay una enfermedad autoinmune ya diagnosticada, los controles pulmonares deben hacerse aunque no se sientan síntomas respiratorios.
“La pérdida de capacidad para hacer esfuerzos no debe atribuirse automáticamente al envejecimiento. Aunque estas enfermedades son más frecuentes después de los 60 años, la edad no vuelve normal la falta de aire.”Juan Ignacio Enghelmayer, neumonólogo del Hospital de Clínicas
La consulta con el especialista, me dijeron, sigue un orden bastante lógico. Primero se relevan los antecedentes del paciente y las exposiciones posibles: si fumó, si estuvo en contacto con polvo de madera, sílice, aves o ciertos químicos; si toma o tomó medicamentos que pueden afectar al pulmón. Después se piden estudios respiratorios, entre ellos pruebas de función pulmonar que miden cuánto aire entra y sale y cuánto oxígeno pasa a la sangre, y se indica una localización crítica de alta resolución, una tomografía especial que permite ver con detalle si hay cicatrices, panal de abeja o esas opacidades que delatan la enfermedad. Hay, además, un detalle clínico que me llamó la atención: en la auscultación, el médico entrenado puede escuchar un sonido parecido al velcro que se despega, un ruido fino que, cuando aparece, es una pista fuerte para sospechar fibrosis y que, según Enghelmayer, no cualquier profesional jerarquiza.
Cuando el problema de base no es el pulmón
Lo que más me sorprendió de la charla fue la parte de las enfermedades autoinmunes, porque ahí el escenario se da vuelta. Fabiana Montoya, jefa de Reumatología del Hospital Ramos Mejía, me contó que en pacientes con esclerosis sistémica la evaluación pulmonar debe hacerse desde el mismo momento del diagnóstico, sin esperar a que aparezca ninguna tos ni ninguna falta de aire. En artritis reumatoidea, la búsqueda se concentra en quienes tienen factores de riesgo, como haber fumado o tener anticuerpos específicos, pero el criterio de fondo es el mismo: no se puede esperar a que el pulmón hable, porque a veces no lo hace. Montoya me aportó un dato argentino que me pareció de los más fuertes de la charla: en una cohorte local en la que participó, el 35 por ciento de los pacientes con enfermedad pulmonar intersticial asociada a autoinmunidad no tenía síntomas respiratorios. Y dentro de ese grupo, el 40 por ciento tenía una afectación extensa en la tomografía. Eso quiere decir, en criollo, que cuatro de cada diez personas con daño pulmonar importante no habían sentido nada raro y, probablemente, no habían consultado.
Entonces la fibrosis pulmonar aparece como una enfermedad de las que avanzan en silencio, sobre todo cuando está asociada a una artritis reumatoidea, una esclerosis sistémica, una dermatomiositis u otras autoinmunes. Detrás de la tos seca persistente y de la falta de aire progresiva puede haber una causa conocida, como una exposición laboral o un medicamento, o puede no haber causa identificable, y ahí se la llama idiopática. Diferenciar el origen, me insistieron, no es un capricho médico: cambia el tratamiento, los indica, y la manera de seguir al paciente. Para las familias argentinas que están leyendo esta nota, el dato práctico que me llevo es bastante concreto: si tienen un padre, una madre, un abuelo o una abuela de más de sesenta que empezó a cansarse más de lo habitual, vale la pena acompañarlo al médico y pedir, si el profesional lo considera, una evaluación neumonológica. Y si en la casa hay alguien con una enfermedad autoinmune diagnosticada, no esperen a que tosa: consulten con el equipo de reumatología cuándo corresponden los controles pulmonares. A veces, una indicación médica a tiempo es lo que separa dos años de demora de un diagnóstico que llega cuando todavía hay mucho por hacer.
Me voy de esta nota con la sensación de que el sistema de salud argentino, con sus públicos y sus especialistas, tiene las herramientas para detectar estas enfermedades: la tomografía, las pruebas funcionales y, sobre todo, profesionales como Enghelmayer y Montoya que están entrenados para mirar más allá del síntoma aislado. Lo que falta, me parece, es que dejemos de mirar la falta de aire como un signo normal de hacerse grande y empecemos a tratarla como lo que muchas veces es: una señal de alarma que nos está hablando a tiempo.
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