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JUE, 24 SEPT 2026
Vida

Una mano a tiempo: por qué el contacto físico puede calmar el miedo y la ansiedad

La neurocientífica afectiva Paula Salamone explicó cómo el tacto ajeno modifica respuestas del sistema nervioso, qué lo diferencia de tocarse uno mismo y de qué manera la cultura marca los límites de la cercanía corporal.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 24 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Yo me acuerdo siempre de mi abuela, que cuando alguna vez me agarró un susto fuerte de chica, en lugar de preguntar qué había pasado me tomaba la mano y se quedaba callada, apretándome los dedos hasta que se me pasaba el ahogo. Ahora, muchos años después, mientras leía el trabajo de la doctora Paula Salamone, entendí que aquella intuición tan criolla y tan de casa tenía mucho más respaldo del que parecía: resulta que el contacto físico de otra persona puede ayudar concretamente a reducir el miedo y la ansiedad, y que no es una simple frase de autoayuda, sino algo que se puede rastrear en el sistema nervioso.

Salamone, que es doctora en Neurociencias Afectivas, lo explicó con una claridad que a mí, como lectora y como inmigrante acostumbrada a otros códigos de cercanía, me ordenó bastante la cabeza. Cuando alguien siente miedo o angustia, darle la mano puede ser una forma de acompañarlo con efectos sobre su estado emocional. Y hay un caso que la especialista destacó especialmente: el de los chicos que toman la mano de un adulto, una situación muy estudiada por su relación directa con la reducción del temor.

Cómo actúa el tacto en el cuerpo

Lo que más me llamó la atención de la explicación de Salamone es que el efecto del tacto no queda en una sensación linda y se acabó, sino que involucra distintas partes del sistema nervioso. Ella justamente investiga cómo se relacionan los estímulos que llegan a la piel con la actividad cerebral, con la médula espinal y con las respuestas del resto del organismo. En ese intercambio, recibir una caricia o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas que tienen que ver con el estrés y con la relajación. Es decir, no es sólo una cuestión emocional: el cuerpo cambia mientras alguien te toca con intención de contener.

“El cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera, y por eso la respuesta no es igual cuando uno se toca a sí mismo que cuando interviene otra persona.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

También hay gestos que una persona se dirige a sí misma para regular lo que siente, algo que yo hago todo el tiempo sin pensarlo: tocarse el cabello, acariciarse la barba. Salamone los mencionó como ejemplos clásicos de ese autocontacto. Pero acá viene el punto clave que ella remarció: la respuesta no es igual cuando interviene alguien más. El cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera, y por eso la respuesta cambia. Uno se puede frotar las manos para entrar en calor, pero no es lo mismo que otro te las abrace.

Cosquillas, cultura y espacio personal

  • Las cosquillas sirven para entender esa diferencia: al intentarnos provocarlas a nosotros mismos, anticipamos el lugar, el momento y la forma del contacto, y eso baja la sorpresa. Cuando el movimiento lo hace otro, queda un componente de incertidumbre. Además, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social, según Salamone.
  • La cercanía corporal también depende de las costumbres de cada sociedad. Salamone contó que durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo habitual. Esa distancia, que acá en Buenos Aires nos parecería rarísima, no implica emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse.
  • El contacto tiene, además, un lugar en la percepción del propio cuerpo. En Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, que estudia justamente la relación entre el tacto y los síntomas de despersonalización, esa sensación de sentirse ajeno del propio cuerpo.
  • El grupo también investiga si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó efectos posteriores. Por ahora es una pregunta de investigación abierta, sin respuestas cerradas.

Cada vez que vuelvo a pensar en la mano de mi abuela, me doy cuenta de que aquel gesto era, en algún sentido, una pequeña terapia sin nombre. Una mano, un abrazo, una caricia pueden formar parte del acompañamiento cotidiano, y a veces nos olvidamos de algo tan simple y, al mismo tiempo, tan potente como eso. Salamone lo dijo en términos de neurociencia, pero en la calle, en la cocina, en la sala de espera de un hospital o en un colectivo lleno, la idea termina siendo la misma: el cuerpo de otro, cerca del nuestro, también puede ayudar a regular lo que sentimos.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

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