The Good Place: la comedia que se anima a preguntarse para qué vivimos (recién cuando ya nos morimos)
Cuatro temporadas, 53 episodios y un puñado de preguntas filosóficas que la mayoría de nosotros evita. La serie de Michael Schur convierte el más allá en un aula, y a Eleanor Shellstrop en la alumna menos preparada del curso.
Aclaro de entrada: hay que estar bastante muerto por dentro para mirar The Good Place y no engancharse. Porque la serie de Michael Schur tiene esa trampa perfecta, la misma que tiene esperar toda la semana al colectivo sin que venga y de golpe aparecen dos juntos: te planta delante una premisa que suena a de filosofía de las ocho de la mañana y, sin que te des cuenta, ya estás llorando con un señor de barba y un ángel con pinta de gerente de banco.
La historia arranca con Eleanor Shellstrop, una mujer que se muere y aterriza en El Buen Lugar, ese barrio celestial reservado a la gente que hizo las cosas bien. Hasta ahí, todo normal. El problema es que Eleanor sabe, y nosotros sabemos, y básicamente cualquier persona con dos dedos de frente sabe, que ella no debería estar ahí. Su vida fue un manual de egoísmo con prólogo y epílogo.
Un elenco que sostiene el disparate
A ese punto de partida se suman cuatro personajes que parecen elegidos en un casting donde alguien mezcló naipes de barajas distintas. Está Chidi, el profesor de filosofía que William Jackson Harper interpreta con una intensidad de chico que se viene preparando para el parcial de la vida desde los ocho años; Tahani, la señora perfecta que Jameela Jamil convierte en una torre de inseguridades disfrazadas de gala benéfica; Jason, el personaje de Manny Jacinto, que uno sospecha que se ganó el cielo por un error administrativo; y Michael, el arquitecto del barrio, al que Ted Danson le pone cara de vecino que te ofrece un café mientras esconde el reglamento de copropiedad.
Lo bueno de la serie es que no te deja respirar. Mientras Eleanor intenta no quedar en evidencia, Chidi le da clases de ética a escondidas, y ahí empieza el verdadero programa: un curso acelerado de utilitarismo, consecuencialismo, Kant y deontología servido con chistes sobre Janet, la asistente del lugar, que tiene cara de quien se acuerda de todo pero no entiende nada. Es como mezclar un manual de la facultad con una sitcom de los años noventa y pretender que el cóctel funcione. Y funciona.
- Cuatro temporadas y 53 episodios en los que la premisa cambia varias veces sin perder el hilo.
- Filosofía moral explicada sin solemnidad, con chistes que no te hacen sentir tonto.
- Personajes con los que uno se identifica aunque no quiera admitirlo.
- Un final que cierra el recorrido y deja la sensación de que algo se acomodó adentro.
A lo largo del recorrido, la serie se anima a meter la mano en temas que la televisión suele esquivar: qué pesa más, si la intención o el resultado; si alguien puede cambiar de verdad o solo aprende a fingir mejor; y sobre todo, cuánto importan las personas que elegís para compartir el viaje. Hay pérdida, hay tiempo que se escapa, hay vínculos que se rompen y se vuelven a armar. Todo eso en un formato que dura veintipocos minutos por capítulo, que es más o menos lo que tarda un café con leche en enfriarse.
Mi recomendación, si nunca la vieron: empiecen por el primer capítulo y no lean nada antes. Si ya la vieron, saben de qué hablo. Y si alguien les dice que es una serie para pensar, no le crean del todo: es una serie para reírse, para quedarse callado un rato después y para entender, con bastante atraso, que las preguntas importantes siempre llegaron tarde. Como el colectivo. Como todo.
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