Miedo a volar: la anticipación del viaje como primera parada de la ansiedad
El neurólogo Conrado Estol propone mirar el cielo con otras lentes para dejar de sufrir cada turbulencia: observar el tráfico aéreo, entender qué se mueve aunque no haya nubes y, sobre todo, no recurrir al alcohol para aguantar el viaje.
Lo cuenta Lucía cada vez que tiene que ir a ver a su hija a Bariloche. Dice que el miedo le empieza mucho antes de subir al avión, cuando todavía está sacando el DNI para el check-in en Aeroparque, y que no la abandona hasta que el auto entra otra vez en el garage de su casa. No le aterra la caída del avión, aclara: le aterra esa sensación de no tener el control que aparece en la fila de migraciones, en la sala de embarque y, sobre todo, en el momento en que las ruedas se despegan del piso. El neurólogo Conrado Estol, consultado sobre este cuadro que millones de argentinos conocen de cerca, asegura que esa clase de padecimiento tiene nombre y, sobre todo, tiene arreglo.
Para Estol, el primer error es pelear contra la ansiedad con información sola. Conocer las estadísticas de seguridad aérea no alcanza para desactivar una respuesta emocional que aparece cuando el cuerpo se expone a una situación ajena a la vida en tierra. La idea que repite en sus charlas es que, una vez que el miedo se dispara, los números dejan de importar: lo que pesa es lo que se siente en ese momento.
Mirar el cielo antes de subirse al avión
El ejercicio que el médico propone es tan simple como revelador: bajar una aplicación de seguimiento de vuelos, abrirla un rato antes del embarque y mirar cómo se mueven los avioncitos en el mapa. La propuesta apunta a dimensionar cuántos vuelos circulan por el mundo al mismo tiempo y a ubicar el viaje propio dentro de ese tráfico cotidiano, como una manera de darle contexto a la percepción del riesgo. Es, en criollo, un recordatorio visual de que volar no es la excepción sino la regla.
Turbulencias con cielo despejado y otros malentendidos frecuentes
- Las turbulencias no siempre llegan con nubes negras: buena parte de las sacudidas se producen en aire claro, sin mal tiempo a la vista, lo que vuelve imposible identificarlas por la ventanilla.
- La duración real de un episodio fuerte suele medirse en segundos o en pocos minutos, aunque quien las atraviesa puede tener la sensación de que la mala onda se extiende durante horas.
- Como referencia útil, Estol propone comparar las sacudidas del avión con los movimientos que se toleran al viajar en tren: el cuerpo los acepta sin disparar la misma alarma.
- Ante una tormenta, los pilotos cuentan con herramientas meteorológicas para identificar el fenómeno y modificar el recorrido, mientras que los protocolos de cabina buscan reducir distracciones durante la operación.
Lo que no sirve para aguantar el vuelo
“Recurrir al alcohol para sobrellevar el temor puede provocar insomnio y deshidratación, y termina transformando un vuelo de tres horas en una experiencia todavía más larga.”Conrado Estol
El planteo general del neurólogo apunta a algo más grande que una turbulencia aislada: que el miedo no termine condicionando los viajes, las visitas a la familia o las vacaciones soñadas durante meses. En el caso de Lucía, la fórmula empieza por dejar de pelearse con el cuerpo en la fila del embarque, mirar el mapa de vuelos como quien mira una película, y aceptar que las sacudidas forman parte de un sistema que, contra lo que sugiere la panza, está diseñado para volver a casa sano y salvo.
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