La mochila de la infancia: por qué a veces criamos como nos criaron, aunque juremos que no lo haríamos
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica qué marcas de la propia historia se cuelan en la crianza de los hijos y qué hacer cuando reaparecen sin aviso
Me acuerdo de una amiga que se juró, a los quince años, que jamás le gritaría a un hijo. Veinte años después, agachada para atarle los cordones a su nena de cuatro, la escuché levantar la voz exactamente con el mismo tono que tenía su vieja cuando le pedía las cosas mal. Se quedó helada, se sentó en el piso y se largó a llorar. No lloraba por el grito: lloraba porque entendió, en ese segundo, que la historia se le había metido en la boca sin pedir permiso. Esa escena, multiplicada por miles, es la que describe el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey cuando habla de por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, aunque a veces ni nos demos cuenta.
Para McCoubrey, nadie arranca la crianza desde cero. Somos, dice, hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos. Y esa historia aparece en cosas tan cotidianas como la forma de poner un límite, de reaccionar en un conflicto o en las ideas que circulan en la mesa sobre el éxito, el dinero y el cariño. Lo que hay que interrumpir, aclara, no es repetir por repetir, sino aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.
Las marcas más difíciles de ver son las que ni se cuestionan
El especialista enumera cuatro huellas que suelen pasar inadvertidas porque están tan incorporadas que parecen parte del paisaje:
- Pérdidas silenciadas: muertes, mudanzas, separaciones que en la familia no se nombraron nunca y quedaron flotando.
- Violencias naturalizadas: gritos, cachetadas o humillaciones que se vivieron como normales y que de grande cuesta reconocer como lo que fueron.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de no ser suficiente, de tener que demostrar todo el tiempo, que se carga sin saber de dónde viene.
- Mandatos generacionales: el "en esta casa se estudia sí o sí", "no se llora", "hay que aguantar", que pasan de padres a hijos casi como un manual invisible.
El hilo en común, según McCoubrey, es la rigidez: la dificultad para bancar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba. Y advierte que el atajo opuesto tampoco salva: criar solo en contra de la propia infancia puede volver la crianza reactiva, donde en vez de responder a las necesidades reales del chico se contesta a una pelea pendiente con los propios padres. Quien se crió muy suelto puede sobreproteger, y quien se crió muy exigido puede pasarse de permisivo porque confunde toda frustración con trauma.
La señal de alerta: la reacción desmedida
McCoubrey pone el foco en una pista concreta para darse cuenta de que la historia propia se metió en la crianza: la reacción que no pega con la situación. Una bronca que desborda por un vaso de leche tirado, una preocupación extrema por una nota regular, la necesidad de tener todo bajo control hasta en los detalles más chicos. Son momentos donde, dice, no se está respondiendo al hijo de hoy sino al nene que uno fue.
Y acá viene lo que a mí, como madre, más me sirvió de la charla: cambiar el patrón no es no volver a errar nunca. A veces el primer cambio no es no gritar jamás, sino poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Cerrar, como me pasó con mi amiga del principio, no es borrar la mochila de la infancia: es aprender a abrirla con cuidado para que no se derrame, sin querer, sobre los que más queremos.
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