La ciencia se detiene en el vínculo con los perros: qué cambia en el cuerpo y en la rutina de quienes los cuidan
Investigaciones revisadas por especialistas asocian la convivencia con perros con menos estrés, más movimiento y una compañía que ordena el día, aunque aclaran que no reemplaza la atención profesional.
Cuando María Ester se quedó viuda hace seis años, lo que más le costaba no era dormir sola ni cocinar para una persona. Lo que le partía el día en dos era no tener a quién hablarle a la mañana, ese rato que se vuelve enorme cuando la casa está en silencio. Un sábado, su nieto le llevó a Ringo, un perro mestizo que había recogido en la calle, y la rutina de María Ester cambió sin que ella lo decidiera. "Tenía que levantarlo, darle de comer, sacarlo a la calle dos veces por día. Empecé a salir todos los días a la misma hora y ahí entendí que el perro me estaba ordenando la vida", cuenta a este portal, con la voz todavía un poco ronca por el último invierno.
Esa transformación cotidiana que describe María Ester no es sólo una impresión: distintas investigaciones vienen reuniendo evidencia sobre los efectos físicos y emocionales de convivir con un perro. Una revisión de la investigadora Diane Dreher compiló estudios que vinculan la presencia de estos animales con mejoras en ansiedad, depresión, estrés, desarrollo infantil, bienestar de adultos mayores y programas de terapia asistida con animales, entre otros ejes.
Lo que pasa en el cuerpo cuando el vínculo se construye
La literatura especializada describe dos marcadores biológicos recurrentes. Por un lado, variaciones en el cortisol, la hormona asociada a la respuesta al estrés. Por el otro, cambios en la oxitocina, conocida como la hormona de los lazos sociales y la confianza. Esas modificaciones se observaron tras el contacto visual o físico entre perros y sus cuidadores, y fueron analizadas en una revisión de 2012 firmada por Andrea Beetz, Kerstin Uvnäs-Moberg, Henri Julius y Kurt Kotrschal, que repasó los posibles efectos de calma ligados al contacto afectivo con animales.
A ese cuadro se suma un factor clave: cuidar a un perro impone horarios fijos de alimentación, paseos, juego e higiene, y esa secuencia termina ordenando el día de personas que atraviesan períodos de soledad o bajo estado de ánimo. El movimiento que aparece cuando alguien sale a caminar con su perro es uno de los elementos que la literatura asocia con efectos positivos sobre el humor, aunque los expertos remarcan que una asociación estadística no prueba causalidad directa.
Quiénes pueden beneficiarse y qué límites señala la evidencia
En los adultos mayores, la presencia de un perro puede cobrar especial relevancia cuando se reducen las oportunidades de interacción social. El animal no elimina las causas de la soledad, pero aporta compañía, propósito y estructura, algo que en la experiencia de María Ester se traduce en horarios y conversaciones pendientes. En la infancia y la adolescencia, los perros pueden ocupar un lugar como fuente de cercanía y consuelo, porque ofrecen una interacción previsible y sin juicios que ayuda a regular emociones después de situaciones estresantes, siempre dentro de una red que incluya acompañamiento adulto y, cuando haga falta, atención profesional.
Los investigadores son cuidadosos al poner los puntos sobre las íes: el bienestar mental no depende sólo de la compañía de un animal, sino también de las condiciones materiales, la salud física, los vínculos personales y el acceso a atención especializada. Por eso, insisten, la convivencia con un perro puede integrarse a una red de bienestar más amplia, pero nunca presentarse como un sustituto del tratamiento profesional cuando éste es necesario.
"Yo no diría que Ringo me sacó de la tristeza, porque sería faltar a la verdad", cierra María Ester, mientras el perro levanta las orejas como si escuchara su nombre. "Lo que sí puedo decir es que me obliga a moverme, a tener horarios y a tener a alguien que me espera con la cola parada. Y eso, a mi edad, vale mucho".
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