El precio del ego: Sorkin se vuelve a dirigir y la película lo paga
La esperada secuela de La red social confirma lo que varios venimos sospechando desde Molly's Game: cuando Sorkin se dirige a sí mismo, sobran las palabras y falta pulso cinematográfico.
Dicen que no hay que tener miedo de pisar el propio palo. Aaron Sorkin debe haber tomado esa frase demasiado literal, porque en El precio de la red vuelve a ponerse detrás de la cámara para dirigir su propio guión, y el resultado deja en evidencia algo que la crítica especializada viene mascando en silencio desde hace rato: este hombre escribe brillante, pero dirige como alguien que recién descubre dónde queda el botón de rec.
El guión no es el problema, el timón sí
El material no es catastrófico en el papel. Hay líneas afiladas, hay estructura, hay ese tic sorkiniano de convertir cualquier conversación de pasillo en un juicio oral. El problema aparece cuando esas líneas tienen que cobrar vida en pantalla y nadie las corrige. Es como tener a Messi pateando penales sin arquero y sin arco: el gol puede salir, pero algo está fuera de lugar.
- Soliloquios eternos que funcionan en el escenario mental del guionista pero pesan en la butaca del cine.
- Interiores mal iluminados, llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía repite respecto a La red social.
- Un montaje sin urgencia, donde las escenas se estiran como chicle en un día de calor en Houston.
- Un idealismo de manual que, sin un director externo que lo frene, se vuelve autocompasivo.
- La autocita interna de la propia película, puesta en boca de Bill Burr: Sorkin como un guardia de tránsito con los brazos caídos mientras los autos derrapan.
La comparación duele pero es inevitable. Cuando David Fincher tomó el guión de La red social, lo tradujo a imágenes que todavía miramos con asombro. Cuando Danny Boyle hizo lo propio con Steve Jobs, le sacó filo al mismo libretista que hoy se estanca. Sorkin necesita un realizador que le diga basta, alguien con la autoridad de cortarle el monólogo en el mejor momento. Sin esa fricción, El precio de la red se vuelve un acto de onanismo creativo: placentero para su autor, incómodo para el resto.
¿La recomendación, entonces? Mire La red social otra vez. Es la misma historia, mejor contada, mejor filmada y con un director que entendió lo que el material pedía. Esta secuela se queda en un ejercicio de autoreferencia que confirma la regla: Sorkin es mejor cuanto menos se haga caso a sí mismo.
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