Cuando la cabeza no da más: por qué una pausa de quince minutos puede cambiar la jornada
Caminar, cerrar los ojos unos minutos o mirar alrededor con atención son recursos simples para recuperar el foco en medio del estrés cotidiano. Especialistas consultados explican qué aporta cada práctica y hasta dónde llega su efecto, mientras crece el pedido de buscar ayuda profesional cuando el malestar se instala.
Lo viví de cerca con Mariana, una colega que cubre la sección policial y que a las cuatro de la tarde ya no podía leer una sola página sin volver tres veces sobre el mismo párrafo. Me contó que empezó a salir cinco minutos a la vereda, sin teléfono, sólo para mirar los árboles de la calle. Cuando volvía, decía, la lectura fluía de otra manera. No era magia ni una promesa universal: era apenas un corte en la cadena de tensión que se le había acumulado desde las nueve de la mañana. La historia de Mariana me sirvió para entender de qué se trata todo esto que los especialistas vienen recomendando hace tiempo y que, bien mirado, consiste en algo tan viejo como respirar: hacer una pausa breve a lo largo de la jornada para que la cabeza no termine explotando.
Técnicas concretas para interrumpir el cansancio
Cuando los pensamientos se vuelven repetitivos y parece imposible salir del pozo, una alternativa concreta es la técnica 5-4-3-2-1, que consiste en reconocer, en ese orden, cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de empezar conviene hacer una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque no elimina su causa. Es, en sus palabras, una forma de volver al presente cuando la mente se queda dando vueltas sobre lo mismo.
- Apartarse de las notificaciones y permanecer unos minutos en silencio.
- Caminar por un parque o por la cuadra durante unos quince minutos.
- Hacer estiramientos, movimientos de movilidad o bailar una canción.
- Llamar o intercambiar mensajes con alguien de confianza.
- Cerrar los ojos entre diez y quince minutos, según la necesidad.
Si hay oportunidad de salir, caminar también permite interrumpir las tareas. Una investigación evaluó a trabajadores que paseó por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales consecutivos. En esas jornadas, los participantes reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras frente a sus pausas habituales. Los resultados, claro, no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos.
“Mantener los ojos cerrados entre diez y quince minutos puede favorecer la recuperación, aunque ese intervalo debe ajustarse a las necesidades personales y no reemplaza el sueño adecuado.”Heidi Hanna, neurocientífica
Hasta dónde llegan estos recursos y cuándo pedir ayuda
El límite de estas prácticas aparece cuando el malestar continúa, aumenta o empieza a dificultar la vida cotidiana. La terapeuta Tyana Tavakol, a quien consulté para entender dónde está la frontera entre un recurso válido y un problema que necesita acompañamiento, recomendó considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan. Cuando el estrés altera el sueño, el trabajo o los vínculos, conviene buscar ayuda. Ningún paseo por el parque ni ninguna respiración pausada reemplazan el seguimiento de un especialista, y eso conviene tenerlo presente antes de caer en la ilusión de que con un truco casero se resuelve todo.
Mariana, mi colega, volvió de su pausa en la vereda y terminó su nota sin tener que leerla tres veces. No resolvió el trasfondo de su agotamiento, pero recuperó una tarde. A veces eso ya es mucho, siempre y cuando uno no se conforme con esos quince minutos como única herramienta cuando el ruido de adentro no se calla.
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