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MIÉ, 21 OCT 2026
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La cena que no era igual: Wilde le mete mano a un clásico español y sale airosa

El remake de Sentimental dirigido por Olivia Wilde toma la misma reunión de vecinos y la convierte en otra cosa: más íntima, más dolorosa y con un final que incomoda.

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Mariana EcheverríaCultura y espectáculos · · lectura 2 min
La cena que no era igual: Wilde le mete mano a un clásico español y sale airosa

Acá va una confesión de entrada: cuando supe que Olivia Wilde se había sentado en la silla de directora para versionar Sentimental, lo primero que pensé fue "otro remake innecesario para la galería". Y sin embargo, La invitación se las arregla para zafar con lo suyo, sin necesidad de pisar al original. La fórmula es simple en apariencia: misma cena en un departamento, mismos vecinos raros, misma noche que se va de las manos. La diferencia es que Wilde no se conforma con fotografiar la mesa: la mueve, la putea y le agrega una capa que el original no tenía.

La directora reorganiza la puesta en escena. La cámara respira, los actores caminan, los silencios pesan. Eso ya es un primer golazo frente al pulso más teatral que tenía la película de Cesc Gay. Pero el cambio grande está en los personajes: al que interpreta la propia Wilde le cuelgan un pasado artístico abandonado y gestos mínimos que terminan diciendo todo; al de Edward Norton le inventan una mochila invisible que explica esa tranquilidad sospechosa de tipo que ya vio demasiado. Son decisiones chicas que, sumadas, le cambian el humor a toda la pieza.

El golpe de timón que no estaba en el libreto

El sacudón fuerte llega con la revelación de que la pareja de Norton y Penélope Cruz tiene una relación poliamorosa. En Sentimental eso provocaba rechazo. Acá el personaje de Seth Rogen se queda a medio camino entre la curiosidad y el susto, y ese temblor deja al descubierto la grieta que ya tenía el matrimonio principal. Ese momento es el que define todo lo que viene después: la comedia se apaga y aparece un drama calmo, casi hogareño (como una sobremesa de domingo en Houston cuando los chicos ya se fueron a dormir y los grandes se quedan mirando el techo).

El final, esa pequeña venganza

Y llegamos al cierre, que es donde Wilde se anima a meterle la mano sin pedir permiso. Nada del sexo aparentemente reconciliador de la versión original: acá Rogen vuelve al piano que había dejado abandonado y Wilde se sienta a tocar con él. La imagen es chica, callada, y deja picando la pregunta de qué significa ese momento para los dos. ¿Suma o resta la ambigüedad? Suma. Le da volumen al tramo final y le escapa a la postal facilista del original.

Recomendación corta: si te gustó Sentimental, vas a reconocer la estructura y, casi seguro, vas a discutirla con alguien a la salida. Si no la viste, entrale igual: la película se banca sola y el final te queda dando vueltas un rato largo.

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Mariana EcheverríaCultura y espectáculos

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