El teléfono que llevamos en el bolsillo: por qué nos cuesta soltar la mirada aunque no haya nada que mirar
Dos investigadores del CONICET describen los mecanismos que mantienen la atención atada al celular y proponen pistas para reconocer, en la vida familiar, cuándo la expectativa de una notificación ya se volvió un peso para la concentración.
Les confieso algo que vi la semana pasada, en una escuela primaria del conurbano bonaerense, durante una visita que hice para otra nota. En el recreo, un grupo de chicos estaba sentado en el piso, en ronda, pero ninguno hablaba con el del costado: todos miraban la pantalla de su celular. Cuando les pregunté a qué jugaban, una nena de diez años me miró sorprendida y me dijo: «No estamos jugando, estamos esperando que llegue algo». La escena me quedó dando vueltas varios días, hasta que me crucé con el libro (Des)Conectados, de Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, dos investigadores del CONICET que se dedicaron justamente a explicar por qué esperamos ese «algo», aunque a veces ni siquiera sepamos qué esperamos.
Ballarini, neurocientífico, y Bonnin, lingüista, recorren un tema que parece menor pero que toca una fibra sensible de la vida cotidiana: cómo el celular se mete en nuestra atención incluso cuando no lo estamos usando. No se trata, me aclararon ellos, de un capricho ni de una moda juvenil pasajera, sino de mecanismos concretos que el cerebro aprende y que después cuesta desactivar.
La notificación fantasma y la vibración que no fue
A todos nos pasó: apoyar el celular en la mesa, sentir un golpecito o una vibración, desbloquear la pantalla con el corazón un poco acelerado y descubrir que no había ningún mensaje. Esa experiencia tiene nombre y explicación. Para los autores, la expectativa de recibir avisos es tan fuerte que el cerebro empieza a interpretar como señales del teléfono cualquier roce de la ropa, cualquier ruido mínimo, cualquier movimiento sospechoso en el bolsillo.
Bonnin lo resume con una imagen que me quedó dando vueltas: el teléfono dejó de ser un aparato al que recurríamos para algo y pasó a ser un espacio al que pertenecemos, casi como un aula o un club. Si en la Argentina dejamos de ir al club por unos días, sentimos que nos estamos perdiendo algo; con el celular, la sensación es parecida, pero comprimida en minutos y en notificaciones.
El FOMO: cuando quedarse afuera duele de verdad
Uno de los conceptos centrales del libro es el FOMO, el miedo a quedar afuera, que los autores traducen y explican en clave local. Para un adolescente, perder el acceso a las conversaciones del grupo de WhatsApp o a los stories de Instagram puede sentirse como una exclusión real de su grupo de amigos. No es exageración: es la forma que hoy toma la vida social.
- No se trata solo de las actividades que el chico se pierde, sino también de los intercambios en los que no puede participar y que después se comentan en persona.
- Esa preocupación constante consume un recurso que los autores llaman atencional: mientras el cerebro está pendiente de qué pasa de novedades, le queda menos resto para lo que tiene adelante.
- Los investigadores relacionan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento en pruebas de memoria y de atención sostenida, incluso en adultos.
- La dependencia no se mide solo por la cantidad de veces que desbloqueamos la pantalla: también pesa la preocupación por no perderse algo o la espera ansiosa del próximo mensaje.
Cuando lo leí, pensé en una charla que tuve meses atrás con Laura, mamá de tres chicos en Moreno, que me decía: «Yo les quito el celular a la noche, pero ellos igual se duermen con la ansiedad de si mañana se enteraron de algo que pasó en el grupo». Esa ansiedad que describe Laura es, justamente, la que Ballarini y Bonnin quieren poner en palabras para que las familias puedan verla con más claridad.
Dejar el aparato no es lo mismo que guardar la herramienta
Acá los autores hacen un giro interesante, que a mí me sirvió mucho para pensar el tema como adulta. Las pantallas hoy alojan conversaciones, vínculos, fotos y actividades que forman parte de la vida diaria. Por eso, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta que uno usa cuando quiere: puede sentirse, durante un rato, como si uno se estuviera ausentando de un lugar de encuentro.
Comparado con el sistema educativo argentino, donde los chicos suelen compartir recreos, meriendas y hasta las tareas en grupos presenciales, la diferencia es notoria: del otro lado, en países como Estados Unidos, los investigadores insisten en que las escuelas ya trabajan con protocolos sobre el uso del celular en el aula, mientras que acá la discusión todavía llega tarde en muchas familias.
“Su planteo apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar que hacemos los adultos y, sobre todo, los más chicos.”Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET
Un dato práctico para llevar a la mesa familiar
En resumen, lo que Ballarini y Bonnin nos dejan no es una prohibición ni un manual de buenas costumbres: es una manera de mirar con más honestidad un hábito que ya cambió cómo prestamos atención, cómo conversamos y cómo nos vinculamos. Reconocer el problema es, según ellos, el primer paso para empezar a recuperar el resto.
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