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LUN, 14 SEPT 2026
Vida

Dermatitis atópica: cuando el bolsillo decide si la picazón se trata o se aguanta

Un relevamiento de AEPSO revela que casi la mitad de los pacientes con dermatitis atópica posterga o suspende sus consultas por motivos económicos. La enfermedad no tiene cura, pero sí tratamientos que mejoran la calidad de vida, y sostenerlos en el tiempo sigue siendo el mayor desafío.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

A Martina la rascazón la despierta a las tres de la mañana. Tiene siete años, vive con su mamá en un departamento chico del barrio de Flores y desde que arrancó el invierno no durmió una noche entera. Le diagnostican dermatitis atópica cuando tenía dos, y durante un tiempo la familia pudo sostener las cremas, las consultas con la dermatóloga y las idas al control. Pero a fines del año pasado, con la inflación golpeando los ingresos del hogar, su madre empezó a espaciar las visitas, dejó de comprar la crema emoliente que le recomendaban y reemplazó algunas indicaciones por lo que podía pagar. Hoy Martina se rasca hasta lastimarse, duerme mal y va a la escuela con marcas visibles en los brazos. No es un caso aislado: es casi la regla en un país donde sostener un tratamiento crónico de piel se volvió un lujo.

Según un relevamiento reciente de la Asociación Civil para el Enfermo de Psoriasis (AEPSO) entre personas con dermatitis atópica y sus cuidadores, casi uno de cada dos pacientes (el 48,5 por ciento) postergó o directamente suspendió alguna consulta médica en los últimos seis meses por dificultades económicas. Además, el 44,8 por ciento tuvo problemas para acceder a los medicamentos indicados y el 37,3 por ciento reconoció que redujo las dosis o directamente dejó de comprar los productos que le habían recetado por falta de plata. Cerca de dos de cada diez personas confesaron que no estaba siguiendo el tratamiento tal como se lo habían prescripto, principalmente por las mismas razones de bolsillo.

Una enfermedad que no avisa y no descansa

La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria y crónica de la piel cuyo síntoma más incapacitante es la picazón persistente. No tiene cura, pero sí se puede controlar con un esquema de cuidados que combina cremas emolientes, tratamientos tópicos, fototerapia y, en los casos más severos, medicamentos sistémicos. El tema es que ese esquema requiere continuidad, y la continuidad requiere plata. En Argentina, se calcula que la enfermedad afecta a por lo menos uno de cada diez chicos y adolescentes, aunque puede empezar a cualquier edad. En alrededor de tres de cada diez casos la dermatitis se extiende más allá de la primera infancia y se queda durante toda la adultez, con lesiones que aparecen en la cara, el cuero cabelludo, las orejas, el dorso de las manos y distintas zonas de los brazos y las piernas, alternando brotes con períodos de calma que engañan al paciente y muchas veces lo inducen a abandonar los controles justo cuando más falta hacen.

“El picor no deja dormir, ni permite la vida social, el trabajo, la escuela, baja la autoestima y complica tremendamente la dinámica familiar. Afecta la vida las veinticuatro horas del día.”Silvia Fernández Barrio, presidenta de AEPSO
  • El 63,4 por ciento de los pacientes reportó alteraciones en la calidad del sueño.
  • El 61,9 por ciento debió modificar su rutina cotidiana por la enfermedad.
  • El 56,7 por ciento dijo que la dermatitis afectó su calidad de vida en general.
  • Quienes sufren picazón crónica e intensa tienen hasta tres veces más probabilidades de desarrollar depresión y el doble de posibilidades de sufrir ansiedad.

La dermatóloga pediátrica Paula Luna, que además preside la Sociedad Argentina de Dermatología, insistió en que el diagnóstico a tiempo es lo que permite ajustar el tratamiento a las características de cada paciente y de cada familia, porque no es lo mismo abordar un cuadro leve en un chico que un cuadro severo en un adulto que trabaja. Cuando se llega tarde, o cuando se corta el tratamiento por motivos económicos, lo que se pierde es todo lo ganado: la piel vuelve a inflamarse, la picazón regresa con fuerza, el sueño se fragmenta otra vez y la rueda de la ansiedad y la depresión empieza a girar de nuevo. Por eso, dicen los especialistas, no alcanza con recetar: hace falta acompañar al paciente para que pueda sostener lo recetado. Y en un país donde los precios de los medicamentos y de las consultas se mueven más rápido que los salarios, ese acompañamiento se vuelve una tarea casi imposible. Como le pasa a Martina, como le pasa a su mamá, como le pasa a miles de familias que cada noche se preguntan si esta vez podrán llegar a fin de mes con la crema en la heladera.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

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