Vuelve Resident Evil al cine y esta vez, palabra de Cregger, no viene a hacer trampa
La nueva película adapta el universo de la saga de Capcom con una historia original ambientada en Raccoon City: zombis, escopetas con balas justitas y el mismo conocido que cualquiera que haya jugado reconoce al toque.
A ver, vamos a dejarnos de joder de entrada: cuando uno escucha que van a hacer otra película de Resident Evil, el reflejo automático es desconfiar. Porque las últimas veces que Hollywood tocó esta saga, salimos todos quemados. Pero esta vez el que se pone detrás de cámara es Zach Cregger, un señor que ya demostró con Barbarian que le gusta incomodar al espectador, y eso, en este universo de zombis y corporaciones malvadas, no viene mal.
La peli sigue a Bryan, un tipo que se pasea por Raccoon City haciendo exactamente lo que cualquier jugador hizo alguna vez frente a la pantalla: juntar balas, abrir puertas caprichosas y rezar para que el perro mutante del granero no le reviente la cabeza. Literal. Cregger no se esconde: toma situaciones clásicas de los juegos y las pone en una historia original, no remake de ninguna entrega, sino algo nuevo dentro del mismo patio de juegos.
El recorrido clásico, pero en pantalla grande
Bryan camina por calles, se mete en una alcantarilla, pisa una granja y termina en un hospital. O sea, el tour turístico completo de Raccoon City, esa ciudad que es el corazón podrido de toda la saga porque allí funciona el laboratorio de Umbrella, la farmacéutica que soltó el virus a la calle como quien tira el pan duro por la ventana. En la peli, los científicos de Umbrella los interpretan Paul Walter Hauser y Zach Cherry, dos caras que le dan el toque institucional al desastre.
Y acá viene lo lindo para el fan: la peli respeta el vocabulario del videojuego. Las puertas que no abren. Las cerraduras que te obligan a buscar la llave del otro lado del mapa. La linterna que alumbra pero también te entrega en bandeja a lo que está esperando en la oscuridad. Igual que cuando jugás a las tres de la mañana y escuchás un ruido y pensás: si prendo la linterna, me matan; si no la prendo, también.
- Conseguir una pistola, después una escopeta y después un rifle de asalto, en ese orden, como dicta la religión survival horror.
- En la granja hay que juntar cartuchos sueltos para la escopeta, porque tener el arma no alcanza: tener balas es otro problema.
- La linterna sirve para la nieve, las alcantarillas y la calle, y funciona igual de regular que en los juegos, o sea, te salva y te condena a la vez.
- Un perro que te persigue en el granero y cuya cabeza se abre para sacar tentáculos, porque en Raccoon City hasta un labrador es un problema.
- Un bicho en el ascensor del hospital que vomita ácido, viejo, vómito ácido en un ascensor, época.
- Un monstruo hecho de pedazos de cuerpos que se pega restos con los tentáculos y crece, básicamente el roommate que nadie quiere.
Toda esa ensalada conecta con una saga que arrancó en mil novecientos noventa y seis, cuando Chris Redfield y Jill Valentine quedaron encerrados en una mansión llena de zombis. Dos años después llegó Claire y Leon, y la cosa se mudó a Raccoon City, que es exactamente donde Cregger planta su nueva historia. Cambian los nombres, pero el clima es el mismo: oscuridad, criaturas que no deberían existir y un protagonista que avanza porque quedarse quieto es peor.
Y miren, yo soy de los que se crió con esta saga y cada vez que anuncian algo nuevo pongo cara larga. Pero un director que mete linternas que te delatan, puertas tramposas y un científico de Umbrella con cara de no dormir hace tres días, algo está haciendo bien. No les voy a decir que va a ser la peli del año, porque con Resident Evil uno ya aprendió a no ilusionarse. Pero tiene la pinta de ser un homenaje que entiende de dónde viene, y eso, en este género, ya es bastante.
Recomendación sin vueltas: si alguna vez se quedaron sin balas frente a un zombi y sintieron que el corazón se les salía del pecho, esta peli es para ustedes. Si no jugaron nunca, también, pero van a entender un poco menos por qué nos obsesionamos con juntar cartuchos en una granja.
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