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MAR, 22 SEPT 2026
Vida

Ellen Burstyn, la vecina de 93 años que no negocia con el gimnasio

La actriz camina, entrena fuerza y convive con artritis y dos fracturas de muñeca. Su rutina abre una conversación útil para los adultos mayores: por qué el paseo no alcanza y qué se gana con un circuito breve de resistencia bien adaptado.

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Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad · 22 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Cuando Norma tiene 72 años y sale a hacer las compras a la panadería de la esquina, todavía se acuerda de la vez que se cayó en la vereda y pasó un buen rato en el piso hasta que alguien la ayudó a levantarse. Desde entonces, su médica de cabecera no deja de repetirle que camine, que camine, que caminar es lo mejor. Norma camina, claro que camina. Pero cada tanto se pregunta si eso será suficiente, sobre todo cuando le cuesta levantarse del sillón sin hacer fuerza con los brazos. La historia de Ellen Burstyn, la actriz estadounidense que acaba de cumplir 93 años, le cayó como una pequeña revelación: seguir activa incluye mucho más que dar vueltas a la manzana.

Burstyn contó recientemente cómo arma su semana. Pasea a su perro varias mañanas, concurre al gimnasio y entrena con un preparador físico. "Camino todos los días, hago ejercicio en el gimnasio y me cuido", resumió la intérprete, conocida por películas como "El exorcista" y "Alien, el octavo pasajero". Lo dijo con la simpleza de quien repite una fórmula que le funciona desde hace décadas, porque el cambio de hábitos lo arrancó cerca de los 40 años, cuando todavía filmaba a pleno ritmo.

Por qué caminar no siempre alcanza

Caminar es un hábito excelente y los médicos lo recomiendan casi como un mantra. El problema, según los especialistas, es que muchas personas mayores confunden "moverse" con "entrenar", y son cosas distintas. Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva y responsable del Programa de Medicina del Estilo de Vida de Cleveland Clinic, lo explicó con una imagen bastante clara: fortalecer los glúteos favorece la estabilidad cotidiana y puede contribuir a que los adultos mayores sufran menos caídas. Y levantarse de una silla sin ayuda, o mantener el equilibrio cuando viene un escalón traicionero, depende mucho más del trabajo de fuerza que de los kilómetros acumulados en la vereda.

La propia Burstyn lo sabe de primera mano. Tuvo dos fracturas de muñeca, usa una férula en una mano y convive con artritis. Esos antecedentes la obligan a adaptar cada ejercicio y, al mismo tiempo, impiden tomar su rutina como un molde para copiar y pegar. Quienes tienen lesiones anteriores, dolores que no se van, enfermedades crónicas o problemas de equilibrio necesitan pasar antes por una consulta con su médico, un kinesiólogo o un profesional capacitado en ejercicio. No es un trámite menor: es lo que marca la diferencia entre un entrenamiento que protege y uno que termina en una guardia.

El circuito breve que propone un entrenador

Para quienes ya tienen el visto bueno profesional, el entrenador Álvaro Puche suele recomendar complementar las caminatas con un circuito corto de resistencia que lleva entre tres y cuatro minutos, tres veces por semana. La idea es meterlo en la rutina sin que se vuelva una excusa para no empezar. Los movimientos que sugiere son:

  • Ponerse de pie desde una silla sin apoyarse con las manos, para trabajar piernas y glúteos.
  • Elevar los talones parado, con un apoyo cerca para no perder estabilidad, fortaleciendo tobillos y pantorrillas.
  • Hacer remos con una banda elástica fijada a la altura del pecho, para sumar trabajo de espalda y postura.
  • Realizar flexiones inclinadas contra una mesa o una superficie firme y que no resbale, adaptando la inclinación a lo que cada cuerpo tolere.

La ejecución, aclaran los profesionales, se ajusta persona por persona. La altura del asiento, los apoyos, el recorrido del movimiento y la carga cambian según las posibilidades de quien entrena. La técnica y la seguridad van antes que la cantidad de repeticiones o la velocidad. Forzar es la mejor manera de pasar de un entrenamiento saludable a una lesión evitable.

Una vida entera en movimiento

Burstyn no reduce su rutina al gimnasio. Mantiene una alimentación vegetariana, dejó hace años el alcohol y el cigarrillo, sigue trabajando, lee, recibe visitas en su casa y va a conciertos cuando puede. El movimiento ocupa un lugar dentro de esa vida cotidiana, en la misma lista que los vínculos y los proyectos, y no aparece como un castigo ni como una obligación heroica.

Norma, la vecina del principio, ya tiene turno con su médica para hablar del tema. No piensa dejar las caminatas, eso no está en discusión. Pero quiere preguntar por un kinesiólogo que la oriente con un circuito breve, adaptado a la rodilla que le molesta desde el invierno pasado. Dice que, a su edad, levantarse del sillón sin pedir ayuda es una pequeña victoria que no tiene precio. Y que si Ellen Burstyn, a los 93, todavía entrena con un preparador físico, algo habrán entendido los que insisten con que con caminar alcanza.

DO
Daniela Ochoa MendietaInmigración y comunidad

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